A City on a Hill

«Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».
Mateo 5:14–16
 

Queridos hermanos y hermanas:

Las palabras de Jesucristo nos recuerdan que somos ciudadanos de dos lugares: vivimos aquí en la tierra, pero pertenecemos a la ciudad de Dios. La Escritura describe a esta ciudad celestial como una que resplandece con la luz misma de Dios (Apocalipsis 21:23). Pedro escribe que hemos sido «llamados de las tinieblas a Su luz admirable» (1 Pedro 2:9). Esto significa que, aunque vivimos en la ciudad terrenal, es nuestra ciudadanía celestial la que nos guía y nos define.

Nuestras congregaciones deben reflejar esta ciudad asentada sobre un monte, siendo alternativas visibles al modo de vida del mundo para que otros vean la luz del reino en nuestras buenas obras y glorifiquen a Dios.

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Nuestro camino como Iglesia

A lo largo de las últimas décadas, nuestra iglesia ha cambiado significativamente en la forma en que se relaciona con el mundo. Muchos de nosotros recordamos una época en la que la vida congregacional era más cerrada. La membresía crecía principalmente a través de lazos familiares y vínculos cercanos. Se valoraba mucho que todos siguieran las mismas normas y costumbres y, a menudo, unas pocas familias conformaban la mayor parte de la congregación. Esta cercanía ofrecía un fuerte sentido de pertenencia, estabilidad en tiempos de crisis y una identidad compartida.

Pero un círculo cerrado no puede durar para siempre. El cambio generacional requiere apertura, y el Espíritu Santo nos ha guiado a dar un paso afuera. A lo largo de los años, cada uno de los Apóstoles de Distrito han contribuido a este cambio:

  • Las misiones en el extranjero ampliaron nuestro horizonte.
  • Aprendimos a profundizar nuestra fe, a involucrarnos en la sociedad sin temor y a abrir nuevos espacios, como los grupos pequeños.
  • Poco a poco, desarrollamos la capacidad de actuar como discípulos cristianos no solo dentro de nuestras congregaciones, sino también en nuestro entorno cotidiano.

Hoy, este camino continúa. Con nuevos desafíos ―como la migración y la llegada de solicitantes de asilo a nuestras congregaciones―, estamos preparados para acogerlos, adaptarnos y reflejar la luz de Dios de manera más amplia que nunca.

Lecciones de la iglesia primitiva

Los primeros cristianos enfrentaron transiciones similares. Lo que comenzó como un pequeño grupo judío de apenas 120 creyentes (Hechos 1:15) llegó a convertirse en una comunidad de casi 30 millones de personas para la época del emperador Constantino. ¿Cómo sucedió esto?

  • Al principio vivían en comunidad, pero no se quedaron limitados a sus propios grupos.
  • Acogían a todos —judíos, griegos y paganos— sin pedir pruebas de su origen étnico.
  • Servían a sus comunidades durante plagas y crisis, muchas veces a costa de grandes sacrificios personales.

Como señala el historiador Rodney Stark, el cuidado cristiano durante las epidemias aumentó drásticamente las tasas de supervivencia. Los paganos huían, pero los cristianos se quedaban, cuidaban a los enfermos y daban testimonio del amor de Cristo. No se trataba de poder ni de política, sino de servir fielmente a sus prójimos. Su testimonio constante y silencioso se convirtió en una fuerza que el imperio no pudo ignorar.

Sirviendo en la ciudad terrenal

La Escritura nos muestra ejemplos del pueblo de Dios sirviendo fielmente en sociedades extranjeras sin perder su identidad. Daniel y sus amigos prosperaron en Babilonia, pero se negaron a adoptar los valores de aquella sociedad (Daniel 1–3). Jeremías instó a los exiliados a «procurar la paz de la ciudad» (Jeremías 29:7). José y Jonás también nos recuerdan que Dios coloca a Su pueblo en contextos específicos para bendecir a los demás.

Este también es nuestro llamado. Nuestra identidad se afirma en Cristo: esta es nuestra luz. Podemos servir a la sociedad sin perdernos en ella. El peligro de la asimilación —es decir, de perder nuestra identidad al integrarnos— es real. Si nuestro valor, sentido de pertenencia o identidad dependiera únicamente del éxito, la aceptación o la aprobación de la comunidad, correríamos el riesgo de alejarnos de Cristo. Pero nuestro discipulado traza un límite: tenemos la capacidad de servir y trabajar en nuestras comunidades sin renunciar a lo que somos.

Al mismo tiempo, Dios no nos ha llamado a ser separatistas ni enemigos del mundo. No estamos esperando a la última alma antes de escapar. Más bien, oramos cada día: «Venga tu reino». Esto significa que ya vivimos como ciudadanos de la ciudad celestial, aquí y ahora.

Amando a nuestro prójimo

El Apóstol Mayor Schneider ha enfatizado una y otra vez el llamado a amar al prójimo de manera práctica. Hacer buenas obras no es opcional: es la expresión de nuestra ciudadanía. No estamos en nuestras comunidades por nuestro propio beneficio, ni para impulsar la imagen de nuestra Iglesia, sino para servir a Dios buscando el shalom de nuestros prójimos.

Shalom es más que paz; es prosperar en todos los sentidos: espiritual, físico, social y económico. Cuando oramos por nuestras comunidades, contribuimos a la armonía y apoyamos la prosperidad de todos, reflejamos la ciudad de Dios.

Como enseñó Jesucristo en Mateo 25, la marca de la ciudadanía celestial se encuentra en ser un buen prójimo: alimentar a los hambrientos, visitar a los enfermos y servir a los más pequeños.

Identidad y vigilancia

Este llamado requiere que sepamos quiénes somos. Nuestros jóvenes, en especial, enfrentan presiones y distracciones mucho mayores que en el pasado. La fe no se absorbe por ósmosis; debe formarse de manera intencional.

Nuestra fortaleza radica en:

  • Permanecer arraigados en la palabra, el sacramento y el evangelio.
  • Mantener santo lo que es santo.
  • Enseñar y modelar con paciencia la fe a nuestros niños y jóvenes.
  • Construir una cultura congregacional de pertenencia, responsabilidad y reconciliación.

Si conocemos nuestra verdadera identidad como hijos de Dios, no viviremos egoístamente con nuestra luz escondida bajo un almud. Serviremos como testigos eficaces, justo donde Dios nos ha colocado.

Las congregaciones como ciudades de Dios

Todo lugar donde existe una congregación es como un pequeño enclave de la ciudad celestial. Juntos damos testimonio de que el reino de Dios está cerca. Nuestras congregaciones deberían sentirse como anticipos de esa ciudad: fuertes, acogedoras, llenas de amor y de paz.

Quienes vienen a nuestra congregación de visita perciben si esto es cierto. ¿Ven la luz de Cristo brillando entre nosotros? ¿Encuentran pertenencia, perdón y un anticipo del reino de Dios? Esto es, a la vez, un desafío y un gozo que debemos cultivar.

Las congregaciones también sirven a sus comunidades más amplias. Las contribuciones caritativas, los proyectos de alcance social y los actos de servicio son resultados naturales de vivir en la luz de Cristo. No son un fin en sí mismos, sino señales que apuntan a la Luz verdadera: Jesucristo.

Avanzando juntos

Como iglesia, nuestra dirección es clara:

  • Ama a tu prójimo.
  • Haz buenas obras.
  • Prepárate para el retorno de Cristo cumpliendo Sus propósitos.

Los grupos pequeños, la formación de ministros, las actividades familiares, la adoración y la música, así como nuestro testimonio diario, contribuyen a esto. Cada iniciativa es una manera de formar discípulos preparados para vivir como ciudadanos duales: fieles al cielo e involucrados en la tierra.

Hermanos y hermanas, ustedes son una ciudad sobre un monte. No menosprecien la ciudad terrenal, no se amolden a ella, sino sírvanla. Hagan brillar su luz mediante buenas obras, no para su propio honor, sino para que muchos glorifiquen a nuestro Padre en el cielo. Juntos, como discípulos de Cristo, estamos llamados a llevar Su reino a cada lugar en el que vivimos. Avancemos unidos con valentía, con gozo y con amor.


Haz clic en los enlaces a continuación para acceder a recursos adicionales de «Una ciudad sobre un monte», ideales para usar en tu grupo pequeño o para tu crecimiento personal.

Una ciudad sobre un monte - Video y guía de conversación

Una ciudad sobre un monte - For Your Journey (episodios 108 y 109) con AD Schnabel

Author: DA John Schnabel